Nota después del Día del Libro (y II)

Nota del autor:

Esta (breve ahora) entrada debí haberla publicada hace muchos meses, pero debido a mi prolongada ausencia de la red apenas la publico hoy.
(tv_insomne)

En la entrada anterior me referí a la escasa oferta literaria en muchas regiones, que se limita a los títulos que se ofrece con frecuencia en tiendas de autoservicio.

En dichos establecimientos se encuentra libros de pseudociencia que, según veo, usurpan el lugar que podrían ocupar ejemplares dedicados a la divulgación científica.

Sin embargo, el problema de fondo es la escasa promoción y práctica del pensamiento racional que se hace en nuestra sociedad así como en muchas otras sociedades en el planeta.

Esto puede parecer obvio, sin duda. Sin embargo, me parece que un público que no ha tenido acercamientos a la ciencia siquiera en niveles educativos elementales puede sentirse intimidado por literatura que, a sus ojos, podría parecer que precisa de conocimientos previos. Quizás también esa falta de referentes críticos se traduzca en una dificultad para identificar la información valiosa y veraz de la que no lo es.

Ocurre también que los comerciantes de lo sobrenatural y lo “extraordinario” ofrecen una literatura accesible en tanto no se requiere ejercer el escrutinio y la crítica, pues sólo basta creer para tener acceso a los misterios ofrecidos.

Veo ahora que el problema no es la oferta de los títulos magufos en las estanterías de los supermercados, sino la carencia por parte de muchos posibles lectores de herramientas para el análisis crítico de dichos libros.

¿Qué opinan?

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Manú Chao es magufo: ¡qué lástima!

Desde la primera vez que escuché a Mano Negra, a principios de los 90s, me ha gustado mucho el trabajo de Manú Chao. Sus intentos por acercar mediante la música a quienes tienen referentes culturales distintos siempre me ha emocionado bastante, he de decir.

Nunca he escatimado elogios para sus canciones.

Sin embargo, descubro en el blog de Luis Alfonso Gámez Magonia que el autor de “Clandestino” es magufo.

Así es. El músico se dice creyente de

“la santería y, especialmente, la macumba y el candomblé brasileños. “Llegará el momento en que sea aceptado científicamente, cuando tengamos instrumentos que cuantifiquen las energías positiva y negativa. Yo he recurrido a un brujo cuando alguien me quería hacer mal. Me dijo que debía blindarme, para que el odio rebotara hacia quien me lo enviaba. Y resultó, te lo aseguro”.

Chin.

Por las canciones que ha escrito daba la apariencia de ser una persona con mayor rigor intelectual.

Pero no lo es.

El vínculo a la entrada de Luis Alfonso Gámez de donde se obtuvo esta información:
http://blogs.elcorreodigital.com/index.php/magonia/2007/08/21/manu_chao_y_la_energia_chiripitiflautica

El vínculo al reportaje donde Manú Chao se nos declara un racionalista “abierto a lo improbable”:
http://www.elpais.com/articulo/paginas/Manu/Chao/vida/libre/elpepusoceps/20070819elpepspag_1/Tes

Hasta la próxima.

Nota después del Día del Libro (I)

No lo pude poner en su oportunidad, pero comento lo siguiente:

Será que no me he puesto a buscar con ahínco, pero en la zona en la que vivo (municipio de Ecatepec, Estado de México) no hay muchas librerías. Existen las secciones de libros de las tiendas de autoservicio, pero expenden títulos como “Más allá del Código Da Vinci” o guías de Feng-Shui y simplezas semejantes. Un día me sorprendió ver un libro de Michael Moore, pero el inventario es invariablemente escaso y de baja calidad en dichos establecimientos.

Tal oferta puede ser lamentable si se piensa que alguien, persuadido por la promoción anual de la lectura que se recetó en días anteriores a raíz del Día Internacional del Libro, se aproxime a la palabra impresa a través de obras que difunden este tipo de engañifas y se las crea porque:

a)Vienen en un libro.
b)Desconoce de información crítica respecto a lo que esos libros afirman y promueven.

Un lector bisoño puede terminar engrosando la clientela de algún promotor de cualquier disparate pues presta su confianza a cualquier libro si no cuenta con la información que le ponga en guardia ante los embustes. Por ejemplo, un día observé a un par de jóvenes, de entre 15 y 17 años, hojeaban con curiosidad los títulos del anaquel del supermercado en el que me encontraba, y terminaron por llevarse un libro sobre el Código Da Vinci dando muestras, a mi punto de ver, de genuino interés. Libros como ése pueden dejarle la idea errónea de que se trata de información verídica y confiable -Si hasta en la tele hablan de ese asunto-, o pueden defraudar al lector y alejarlo para siempre.

A mí me pasó algo similar: tenía unos diez años, y en aquel entonces estaba entusiasmado por las maravillas que ofrecía el “fenómeno OVNI”; estando en el súper el único libro interesante que encontré en ese anaquel fue uno de Von Daniken, y durante un buen rato anduve por la vida con la certeza de que astronautas alienígenas arios habían enseñado en Sudamérica a los incas arquitectura, dejando a su paso un álbum de recuerdos en piezas de orfebrería. Si estaba en un libro, algo tendría de cierto, pensé entonces.

Para mi fue una sorpresa el enterarme años después de que todo eso era un cuentazo. Además, caí en la cuenta de que debía ser más selectivo en lo que al material impreso se refiere.

No hay “libros” así nada más, en abstracto. La lectura desinformada puede ser tan grave como el no leer en absoluto.