El extraño canal 34 de Tv Mexiquense

A mí me gusta mirar los canales estatales. Con sus producciones pobres y sus programas viejos. En una época durante la cual se identifica calidad con gigantismo y grandilocuencia -enfrentémoslo: son días de Big/Gran Hermano/Brother, ejemplo claro del mayor desperdicio de dinero en un programa hueco-, los documentales de hace veinte años sobre computadoras y películas de clase B refrescan la mirada, y dejan la duda: ¿es necesario tanto gasto para entretener?

Que conste: no afirmo que ésta sea mejor televisión que la comercial, sino que al prescindir de los usos establecidos por ésta, es una televisión extraña. Y lo que es extraño cautiva sin duda la mirada. Y por lo menos yo como espectador agradezco esa clase de sorpresas. Sobre todo cuando la normalidad en la pantalla chica consiste en un carnaval sin fin, donde es factible que un comediante menesteroso en cuanto a gracia considere lleno de ingenio tener como escenografía un baño público, con todo y excusados a la vista.

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Recuerdo borroso.

Es 1981.

Vengo de regreso de la escuela. He mirado la tv desde siempre, y siendo un niño de 6 años, he aprendido un par de cosas acerca de este aparato. El canal que debo mirar es el 5, lleno de caricaturas hasta las 18:00, pues en otras señales la programación es aburrida o fuera de mi incumbencia, tan lejana de mi pequeño mundo que ni siquiera guardo un recuerdo de ellos. De lo que tengo total certeza es que a las 2 de la tarde han de comenzar las caricaturas, y lo que ponen a esta hora es el programa de Gasparín, El Fantasma Amistoso. Sólo que ahora no hubo clases, y al llegar el mediodía enciendo el aparato, que es de blanco y negro. Un Magnavox. De 20 enormes pulgadas que para entonces me sigue pareciendo enorme, como la pantalla del cine Continental.
Descubro entonces que antes de la programación que conozco de tanto tiempo transmiten canciones ilustradas por filmaciones de los músicos que la producen –que tiempo después, se nos dirá a tiempo, se llaman videoclips, luego sólo videos; de Queen, Madness, Rod Stewart y otros de los que no guardo registro. Y así adquiero interés por este medio, intentando siempre no caer en una dependencia que me prive, por ejemplo, de leer un libro, o de oír la radio…
Por desgracia, aún desconozco que existe otro aparato, uno que guarda en una cinta un registro de las transmisiones de tv (es lo más moderno, se llama “videograbadora”), y no he conservado un respaldo de estos recuerdillos borrosos.